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Donde nadie quiere estar Alondra Berber TEDxCiudadDePuebla
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Alondra Berber, es psicóloga y artista. Nos cuenta cuál fue el proceso que siguió para la superación de una crisis personal, y cómo ayuda a las demás personas. Con dos libros publicados, tiene la vocación de ayudar a personas en situaciones de crisis que van desde temas de salud hasta catástrofes naturales. This talk was given at a TEDx event using the TED conference format but independently organized by a local community. Learn more at https://www.ted.com/tedx

Ver TEDx Talk: https://www.youtube.com/watch?v=OmaJoiySJfk&t=

Alondra Berber

TEDx Talk

Transcripción

Mi relación con las emergencias psicológicas surgió en 1985, antes de que naciera, cuando después de un accidente mi madre perdió al bebé que esperaba y meses después se embarazó de mí. Esa fue mi primera crisis: nacer gracias a una pérdida para ser lo que se conoce como un bebé arcoíris. No sabía entonces lo que era una crisis pero estaba en el vientre de alguien que tenía una. La segunda llegó cuando tenía 4 años y comencé a ser abusada sexualmente por dos primos y  dos primas. Tampoco sabía lo que significaba crisis pero estaba viviendo una en carne propia por primera vez. La tercera llegó cuando después de años de feliz amnesia recordé los abusos y me sentí humillada. Ya sabía lo que significaba, mi trabajo era el manejo de crisis y decidí hacer arte con ella.

 

Mi nombre es Alondra Berber y soy psicóloga. En 2010 me gradué con la especialidad de psicología clínica y me convertí en una gran amante de los laberintos de la mente humana. Era tan entregada y tan demandante como alumna que mi directora comenzó a llamarme “señorita perfección”.

 

Lo curioso es que a pesar de ser adicta al autocontrol tuve que construir mi vida profesional saliendo de una crisis para entrar en otra. Mi trabajo era estar en el lugar donde nadie quería estar: interviniendo en situaciones de emergencia en Guerrero. De ser una chica sobreprotegida y criada en una burbuja rosa pasé a meterme en cárceles, viajar en carretera con armas en los pies, trabajar en el caso Ayotzinapa, estar en albergues tras desastres naturales y trabajar con pacientes en fases curativas, paliativas o terminales en un hospital oncológico. Aunque parezca extraño, trabajar la mayor parte del tiempo en escenarios desfavorables me llenaba de energía.

 

En 2014 ya había terminado la maestría en criminología a la par de ser presidente de una asociación de salud mental, me había especializado en intervención en crisis, estaba estudiando psicología cognitivo-conductual, había publicado mi primer libro y había atendido a 800 personas.

 

Con sólo 25 años sentía que mi vida era exactamente como quería, hasta que una noche, estando con mi novio, llegó un recuerdo borroso a mi mente en el que alguien me besaba y tocaba siendo una niña. Ese recuerdo había aparecido de la nada por un olor poco habitual en la habitación. Pocos segundos después, la imagen se repetía una y otra vez en mi cabeza. En ese momento me quedé paralizada en la cama, llorando y temblando sin poder controlarme.

 

Mi novio preguntó qué pasaba, pero no podía responder porque yo misma no lo sabía. Después de tomar aire y tratar de tranquilizarme, él sugirió que quizá habían abusado de mí cuando era niña, pero yo no tenía recuerdos de algo así, además, ¿quién diablos podría olvidar que vivió abuso sexual infantil? Así que pensé que podría ser una mala jugada de mi imaginación o el recuerdo de una pesadilla, una película o cualquier otra cosa.

 

Inicialmente no di importancia a lo que pasó y quizá la situación se hubiese detenido ahí si no hubiese empezado a tener pesadillas y pensamientos intrusos cada vez más frecuentes e intensos. ¿Alguna vez les ha pasado que tienen una pesadilla muy vívida, muy real y recuerdan muchos detalles excepto el rostro de las personas que quieren hacerles daño? Esa imagen confusa era la única pieza que tenía para tratar de armar el rompecabezas.

 

Cuando mi comportamiento empezó a cambiar y mi dentadura se lastimó por la violencia con que rechinaba los dientes al dormir, entendí que sólo tenía dos posibilidades; descubría y enfrentaba lo que me estaba causando conflicto o dedicaba toda mi energía en esquivarlo.

 

Para comprender mi personalidad en términos generales, el primer paso fue la revisión de evaluaciones psicológicas que recibí. Si no tenía mucho dónde escarbar del aparente trauma, escarbaría en tierra visible: en mi conducta y mi personalidad adulta. Así saqué del archivo mis inventarios, pruebas proyectivas, entrevistas clínicas y diarios. Claramente, había un conflicto sexual acompañado de dos diagnósticos relacionados con el apodo que me había dado mi directora: la hipomanía y el TOC o trastorno obsesivo compulsivo de tipo perfeccionista.

 

Para que tengan una referencia, algunos síntomas de la hipomanía son la hiperactividad, hiperempatía, torrente de ideas y baja necesidad de sueño, mientras que el TOC es un trastorno de rituales, en mi caso orientados a sublimar la energía sexual hacia lo artístico, académico y laboral. Si bien esta información me daba una base, aún no me permitía indagar en los vacíos de mi memoria.

 

A partir de la suma de conocimientos y herramientas con los que contaba, decidí retomar la intervención en crisis. Mi relato de hechos era difícil de elaborar porque sólo tenía un recuerdo borroso así que decidí apostar por la documentación del proceso a través de la escritura, teniendo siempre a la mano una pluma y una libreta. La idea era escribir los detalles, incluso si parecían no tener importancia, no sólo de la posible vivencia traumática sino también del periodo en que ocurrió.

 

Mi libreta se convirtió en algo caótico, con relatos, frases sin sentido, palabras tachadas y textos escritos en diferentes direcciones, hasta llenarse de información. Muchos eran recuerdos de una infancia plena. Como antecedente crecí en un acuario y en mi casa había una fuerte influencia artística y sentido del humor.

 

Escribía sobre cómo usaba el cabello o cómo eran mis vestidos y después esa sencilla tarea se convirtió en algo compulsivo. Escribía entonces los comportamientos extraños que empecé a recordar, por ejemplo, que despertaba llorando y hecha pipí por las pesadillas, mi fobia a la oscuridad o los primeros pensamientos sobre la muerte. Recordé que cuando era niña tenía miedo de la ventana del baño porque creía que Dios podía verme mientras me bañaba.

 

Poco a poco, recordé que todos los días jugaba a que violaban a mis muñecas y que durante la niñez y adolescencia me tocaba dos o tres veces al día hasta lastimarme. Recordé que todos los domingos íbamos a casa de mis abuelos paternos donde vivía la familia de mi papá, que mis primas quitaban las cabezas a mis muñecas, que manchaban con tinta china mis vestidos y que por eso mi mamá dejó de arreglarme para ir.

 

Con el paso de los meses, la infancia era más clara en función de mis emociones, pensamientos, conductas, reacciones somáticas y relaciones con otras personas. Si en algún punto suena como que tenía el control de la situación no se equivoquen: yo no tenía el control de nada. Técnicamente estaba siguiendo una línea, pero estaba destrozada. Había días en que estaba bien y había días en que mi enojo era tan grande que explotaba contra todos.

 

La angustia comenzó a cobrar forma de reacciones violentas o impulsivas llamadas acting outs que están relacionadas con conflictos reprimidos de la infancia. Al inicio eran horribles y peligrosos, entonces tuve que empezar a escribir todo lo que sentía, pensaba y hacía durante esos momentos hasta que sólo fue necesario respirar o escribir para calmarme y desactivarlos.

 

De manera gradual comencé a dar forma a los textos y a ordenarlos por año. Si lograba recordar qué muñecas jugaba, buscaba el modelo y el año de sus comerciales en México. Si recordaba un vestido, era más fácil identificar de qué año a qué año lo había usado y le preguntaba a mi familia por diferentes elementos para relacionar las fechas. Aunque todo era más claro, debía tener precaución con los recuerdos falsos, inducidos o alterados y entonces llegaron más memorias de los domingos.

 

Recordé que dos primas me llevaban a su casa y me encerraban a oscuras en el cuarto de su mamá, donde estaban otros dos primos. Recordé cómo me tocaban, cómo temblaba y el miedo con que apretaba los ojos. Recordé el asco y el ardor que sentía, cómo llegaba a mi casa a bañarme y cómo ese ardor empeoraba por el jabón. Recordé que en casa de otra tía, uno de los primos me obligaba a imitar posiciones de revistas pornográficas para poder verme, tocarme y besarme. Cada día llegaban más recuerdos hasta que descubrí que el padre de dos de mis agresoras vio lo que pasaba y decidió guardar silencio.

 

Después de desmenuzar, ordenar cronológicamente, comprobar datos y procesar la experiencia escondida tras el muro de la amnesia, por primera vez podía decir con certeza que había sido abusada sexualmente. Muchas personas pensarían que un «experto» en emergencias debería tener la capacidad para resolver rápido y con el menor coste psicológico una crisis personal, pero a mí me llevó tiempo porque elegí el camino de abrir la herida para que si algo debía sangrar, lo hiciera hasta que no quedara nada.

 

Parte de los pasos de la intervención en crisis habían sido cubiertos: había identificado el acontecimiento y el malestar, el grado de desorganización, había conseguido disminuir la angustia, elaborar un sondeo de soluciones y alternativas de afrontamiento y había preservado mi vida, pero faltaba lo más importante: dar un nuevo significado al evento perturbador, así que con los textos que tenía en la libreta comencé a escribir un libro de poemas, cuyas bases para que otros sobrevivientes se identificaran eran mis propias alteraciones que correspondían a las consecuencias a corto y largo plazo del abuso infantil.

 

En el orden lineal abordaba en los primeros capítulos la infancia de ensueño con mi familia materna, los siguientes daban testimonio de la ruptura de la burbuja rosa y posteriormente aparecía la familia paterna. Lo curioso es que siempre me interesó traducir los trastornos al lenguaje y que terminé por hacerlo contando mi historia. Ahí estaba todo; desde el rescate de la voz infantil hasta la voz mórbida de la adultez.

 

Mientras que el TOC se manifestaba en frases y silencios muy exactos, muy elaborados, los acting outs surgían como poemas tropezados y con un ritmo de lectura que no permitía respirar. La clave del libro está en sus estructuras, ritmos, polifonía y uso variable de la puntuación, pero más importante aún, en el mapa de lectura que permite 9 formas de desglosar ese mundo interno para ver más allá de lo visible, más allá de lo que un niño, consciente de lo que escribe, decide mostrar con tal de no ser tratado de una manera distinta.

 

Cuando mi libro fue publicado ocurrieron tres cosas importantes: la primera y mi favorita de todas es que el abuso perdió poder sobre mí porque el hecho de tener que leer en voz alta mi historia una y otra y otra vez en las presentaciones se convirtió en una forma de enfrentamiento y desensibilización sistemática. Una forma de procesar lo que había pasado y deslindarme de una culpa que no me correspondía para dárselas a quienes realmente debían cargar con ella: mis agresores. La segunda es que recibí una amenaza de la madre de dos de mis agresoras que sabía de los abusos. La tercera es que recibí mensajes de otros sobrevivientes que me escribían cosas como «Lloré toda la tarde con tu libro», «moviste muchas cosas en mí», «es como si tu voz fuera mi voz», «puedo sentir tus lágrimas al escribirlo» o «estoy en un fuerte shock».

Por primera vez entendí el efecto que mi libro podía tener en otras personas para motivarlas a hablar y a veces por primera vez de lo que les había pasado. Cuando hablo con sobrevivientes y me dicen resignados que nunca podrán superar el abuso confirmo que ya no me siento así ni siquiera un segundo, pero puedo decirles que yo sentí exactamente lo mismo y que los comprendo porque estuve ahí, porque sé de lo que hablan y justamente por eso sé que si enfrentan el miedo y el sufrimiento pueden hacer de su crisis su mayor fortaleza.

 

Actualmente, estoy trabajando en una plataforma donde sobrevivientes de abuso sexual infantil puedan leer el libro y replicar el proceso y dirijo un programa educativo de empoderamiento infantil para fortalecer integralmente a niñas y niños. De esa manera, intervengo no sólo para que no vivan abusos ahora sino también para prevenir que en 20, 30 o 40 años se sientan paralizados porque un recuerdo terrible llegó de la nada.

 

Estar en la oscuridad no me hizo una persona oscura, al contrario, me enseñó que aunque duela, hay que estar en los lugares donde nadie quiere estar.

 

Gracias.