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El amor en los tiempos de plomo

Un día, el narcotráfico reescribió el amor, sus formas, su lenguaje. Hizo un poco más desesperados a los amantes cuando surgió con la pasarela de cuerpos un final alternativo a la felicidad perpetua. Las páginas de los cuentos fueron reemplazadas por notas rojas, las brujas por sicarios y secuestradores, los príncipes azules por epitafios y las hadas madrinas es probable que hayan sido deslumbradas por el poder, el dinero y acabaron como amantes de políticos o narcos.

 

Por supuesto, la felicidad no fue eterna. Desde el principio, nunca lo fue, como no fue el punto final de la historia algo congruente en discurso y acción. Nacieron entonces las viudas del fuego; mujeres de diferentes edades, niveles socioeconómicos, personalidades, gustos y formación, que amando o creyendo amar a los príncipes por siempre y para siempre, se quemaron también. Algunas lloraron el asfalto, otras las cárceles, las funerarias, las fosas comunes… Otras tantas a los desaparecidos; memorias aquellas hermosas, inconclusas, con el sabor de una esperanza condenada a desaparecer y un nuevo estigma en que la doble moral satanizó por igual a víctimas y victimarios de los cárteles de las drogas y contempló desterradas, perseguidas a sus féminas.

 

Algunas princesas de escasos años y pieles todavía tersas se convirtieron en protagonistas de la noticia, perforadas por las balas o rebeldes ante el escarnio del nuevo escritor del cuento, pero algo debemos reconocer: la gente comenzó a leer; de pronto, como si la desgracia fuese tierra fértil de letras, la sociedad empezó a unirse, a esperar con cierta curiosidad cada periódico testigo de algún rumor de detonaciones, ejercitó su memoria para reconocer cuerpos o adivinar qué diría el próximo letrero, adiestró sus sentidos para detectar delincuentes o pronosticar ingresos, para reinterpretar las redes sociales de aquel que “dicen que mataron porque estaba metido”.

 

Todo miembro de la sociedad miró ante sí un gran campo de batalla con las divisiones de los viejos juegos en que reproducían y fortalecían el adoctrinamiento moral: los buenos, los malos. Pocos comprendieron que no existían ni los unos ni los otros en un estado de pureza, que hasta en el último individuo existía dualidad: todos mártires y verdugos a su manera, más allá de la sangre escandalosa y siempre protagónica. Aún menos captaron que no se trataba de cuántos “culpables” morían porque cada ejecución, fuera de quien fuera, era la derrota de un país entero que atascado de cuernos de chivo, estaba desarmado como nunca.

 

Los personajes del cuento se endurecieron; cambiaron los cantos alegres por temerosos silencios, la felicidad por sobrevivencia, la adaptación ordinaria por una balanza entre la psicopatología y las ganas de crecer a partir de la adversidad. Algunos pelearon con lo divino, otros se aferraron. Algunos siguieron adelante, otros murieron en vida, pero lo que es real es que nadie olvidó que el cuento rosa sólo fue el primer espejismo, el primer eslogan político pensado para niños.

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