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Saturno y las pinturas negras de Francisco de Goya desde la cercanía con la muerte

 

 

La escena de Saturno devorando a un hijo, a través de las visiones de Goya y Rubens, constituye dos de las obras más trágicas e impactantes que una persona puede ver en el Museo del Prado, en Madrid.

 

Según el psicoanalista Sigmund Freud, el tema está relacionado con la melancolía y la destrucción. En el óleo es plasmado el momento en que Saturno, el rey del tiempo para la mitología romana, devora y estruja con fuerza el cuerpo sanguinolento y mutilado de uno de sus hijos, con el rostro descompuesto por el temor a ser destronado. En su gesto existe con intensidad una mirada mórbida que transmite la visión terrible de Goya sobre el mundo y la muerte.

 

¿Qué llevaría a un padre, a un rey, a tomar la determinación no sólo de matar a sus hijos sino también de desaparecerlos en un acto caníbal? Para quien tiene poder, el miedo a perderlo puede ser obsesionante. Y habría que pensar entonces en la psique de quien se deja guiar por la angustia de ser derrocado y actúa en consecuencia, aunque eso signifique aniquilar lo que él mismo creó, pero no fue Goya el único pintor en retratar esta escena; antes de él lo hizo Rubens, logrando representar magistralmente al niño moribundo de ojos vidriosos con el pecho recién levantado y ligeramente rojo en las fauces de su padre. Aunque la versión de Rubens posee mayor sutileza, la desesperación y la agonía que plasma resultan explícitas y fascinantes al mismo tiempo.

 

Según la mitología, Saturno castró y destronó a su padre, para más tarde enterarse por una profecía de que sufriría el mismo destino; al saberlo decidió devorar a sus hijos, uno tras otro, en cuanto nacían, hasta que Zeus, su sexto hijo y quien fue puesto a salvo por su madre, cumplió el destino que había sido escrito.

 

Francisco de Goya fue un pintor español cuyo estilo revolucionario, como el de muchos grandes maestros, provocó una ruptura con la pintura clásica y estereotipada de la época;  su estilo no sólo inauguró el romanticismo, representó el inicio de la pintura contemporánea y lo hizo precursor de las vanguardias pictóricas del siglo XX, también representó con una profunda fuerza su interés por el estudio de las posturas y expresiones faciales, que con el tiempo hallaron invariable vínculo con su realidad social.

 

En 1808, durante la invasión napoleónica a España, Goya plasmó las atrocidades de la guerra y la crueldad humana como una denuncia; un acto de señalar las heridas para hablar de la conciencia política en el arte, no desde el pedestal del artista como personaje etéreo tocado por dios sino como persona en medio de un acontecimiento histórico, con experiencias vívidas e imágenes perturbadoras en el camino de la oscuridad, lo que ha contribuido a que diversos personajes lo consideren un expresionista avant la lettre (antes de la letra).

 

Once años después, al recaer física y anímicamente por una grave enfermedad que le produjo la pérdida total de la audición, Francisco de Goya plasmó catorce murales en su casa, con la técnica de óleo al secco, que fueron reconocidos como pinturas negras. Una serie de obras poderosas por su expresividad, caracterizadas por pinceladas gruesas, pigmentos oscuros y negros y temáticas sombrías, creada entre 1819 y 1823, en la que además de “Saturno devorando a un hijo” se encuentran “El aquelarre” y “El perro”.

 

Goya plasmó “Saturno devorando a un hijo” en una época de inestabilidad política, pero también de inestabilidad interna por los estragos de la ruina, la debilidad y el aislamiento, para representar los elementos simbólicos del poder y la decadencia. Ciertamente, la cercanía con la muerte a la que lo sometía el carácter de su propia enfermedad y silencio absoluto, lo habría sensibilizado para dar un giro y reflejar en su obra una visión personal dolorosa y honesta, cuya distancia de los depurados retratos reales es incuestionable.

 

El contraste de Goya consigo mismo permite la contemplación y la reflexión sobre dos visiones opuestas e incluso antagónicas coexistiendo en un solo artista; la del perfeccionista y exquisito pintor de encargo y la del revolucionario que no somete a su propia imaginación ni apuesta por negar el dolor frente a la capacidad de los años para consumir la carne, el temple, para consumirlo todo.

 

Goya nos muestra un dios desalmado en una escena que interrumpe la negrura. Dota cada pincelada de un carácter muy íntimo, a diferencia de Rubens, mostrando su preocupación por el tiempo, tanto por su edad como por el hecho de convivir con una mujer joven, lo que abre una brecha más grande que le hace vivenciar con mayor terror la incertidumbre los síntomas de su enfermedad, aunque existen en la actualidad algunas posturas críticas que apelan a que Saturno puede ser un símbolo estético del rey Fernando VII devorando a su pueblo.

 

Si bien es posible escarbar en la obra cumbre para explorar la psique del artista y con ello tratar de decodificar y comprender su pintura, no vale la pena bajo circunstancia alguna cuestionar el valor de la propuesta estética y conceptual de las pinturas negras.

 

Lo interesante del arte es que siempre deja espacio para las interpretaciones y todo lo que ellas implican; en algunos casos décadas de análisis desde la academia, los libros, las conversaciones y las visitas constantes a los museos; en otras, el esfuerzo emocional basado en el bagaje propio para encontrar elementos que permitan comprender la realidad social no sólo de la época sino también de la actual. Finalmente, más allá de los límites geográficos o del tiempo, las emociones siempre encuentran el modo de unificar las expresiones para relacionarlas y reflejarse en ellas, tal como el dúo Goya-Expresionistas o como todo aquel que al mirar a Saturno encuentra a sus Napoleones personales obsesionados con el poder y se pregunta si es quizá él mismo el cuerpo en las fauces.

 

Publicado originalmente en Cultura Colectiva, http://culturacolectiva.com/francisco-de-goya-y-saturno/

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