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La delgada línea entre turismo solidario y turismo de pobreza

27/07/2016

 

El turismo solidario nos habla de un importante cambio en el comportamiento de los turistas, más interesados en la actualidad en relacionarse con la comunidad que visitan, para practicar una forma de viaje que contempla el voluntariado, la responsabilidad y la sostenibilidad. Un tipo de turista que no busca sólo el entretenimiento y el descubrimiento de las riquezas naturales y culturales de un lugar, desde la comodidad de la distancia de su realidad social sino que apela al equilibrio entre descanso, ocio, intercambio cultural y satisfacción de necesidades orientadas a la pertenencia y la autorrealización, en armonía con un presupuesto justo y la calidad de los servicios.

 

Esta forma de turismo representa una opción para la construcción de paz, gestionada por las propias comunidades, mediante la creación y/o el uso de instalaciones turísticas comunitarias. Hablamos, entonces, de formas de turismo que apuestan por el desarrollo y la superación de la pobreza como alternativas para mejorar las condiciones de vida.

 

Según Eugenio Yunis, el turismo solidario tiene como objetivo que "las comunidades con atractivos turísticos se apropien de estos lugares y ofrezcan los atractivos de tal forma que la derrama económica quede entre los pobladores y no en manos de consorcios hoteleros".

El turista solidario, protagonista del "volunta-turismo", ha cobrado una actitud activa y muy consciente, buscando viajes más frecuentes, pero también más cortos, en destinos menos populares y con objetivos específicos, yendo de la mano con otras forma de turismo como el turismo cultural, el turismo rural, el turismo de playa, y, agarrando con pinzas, por simple ética, el turismo de pobreza, pero ¿qué es el poorism? 

 

El poorism o turismo de pobreza nació en 1884, aunque el término como tal fue creado en el año 2000. Es una forma de viajar basada en el voyerismo y la promoción de aspectos negativos de un país o una ciudad. Lo vemos en lugares con problemáticas económicas y sociales muy complejas, como es el caso de los pueblos de Camboya, los barrios marginales de Etiopía e India y las favelas de Río de Janeiro.

 

Aunque sus seguidores lo ven como una forma de turismo que va de la mano de la educación, la investigación y la donación a fundaciones, es imposible dejar de pensar que representa una práctica morbosa que viola la privacidad y la dignidad de los habitantes de cada lugar en que se practica. A mi parecer, raya en la doble moral e incluso en la compensación por sentimiento de culpabilidad, ese acto extraño de explotar una comunidad y luego manejar el discurso de la donación a la misma. 

 

Hay una línea muy delgada entre viajar para ayudar y viajar para obtener la fotografía de condiciones de vida infrahumanas. La diferencia entre el turismo solidario y el turismo de pobreza radica en el mensaje que se da al mundo sobre un lugar y la generación de prejuicios que esto ocasiona. Otra diferencia es la forma en que ambos perciben a las personas que integran la comunidad visitada, el respeto que se lo otorga a su dignidad como seres humanos. A sus derechos. 

 

Creo que, cuando pensamos en turismo solidario, muchas veces queremos darlo todo en un lugar que no tiene condiciones óptimas. Queremos sentir que somos parte de algo y que nuestro apoyo realmente es parte de un cambio, o de la búsqueda de un cambio. Esto implica, en muchas ocasiones, que son esta clase de destinos la primera opción que cruza por nuestra mente y no está mal que así sea. Es nuestra conducta ética y el valor que damos a los derechos humanos lo que al final determina si estamos haciendo bien o mal las cosas, al momento de realizar un viaje de voluntariado. Es cuestión de reflexionar, ¿viajamos porque genuinamente queremos ayudar o viajamos porque queremos hacer como que ayudamos, para la foto?

 

 

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