Sobre la noche en que imaginarios sonidos invadieron Acapulco



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Esa noche, quisieron hacernos creer que el sonido estaba solo en nuestra imaginación. Muchos tuvimos insomnio. Muchos estuvimos recostados en el horizonte de las horas y no existía otra cosa en nosotros que tristeza.


No era miedo. Por primera vez no era miedo.

Era una profunda desesperanza.

¿Cómo nos curamos de la memoria de aquellos tiempos?



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El diagnóstico oficial es que Acapulco, el efímero puerto fantasma,

tuvo calles vacías sólo porque todos compartimos una fantasía extraña,

en la que cuatro personas se teletransportaron de zona en zona,

imitando con la boca los sonidos de la locura y de la muerte.



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El Gobierno investiga quiénes en las plataformas y redes sociales se empeñaron en crear el caos,

que significó una pérdida de millones de pesos.


No es la primera vez que Acapulco se horroriza.

Sabemos lo que es la muerte.

Pero la gente sigue con sus vidas y ocasionalmente, sabe que ocurrió esto o aquello,

pero no se detiene, aunque ande con miedo.


No todas las personas hacen uso de las redes sociales, no todas las personas socializan frente a frente con el prójimo

y muchos, muchos, deben salir a trabajar todos los días por necesidad.


Aún así, el amanecer siguiente a la noche de los fantasmas,

las calles permanecieron vacías como nuestros ojos.


La gente no quiso salir, pero hablaba de lo que vio, de lo que oyó, de lo que supo.


Hubo calles acordonadas por tiroteos invisibles. Por melodías que todos tarareamos sin saber por qué.


Es confuso, pero todos dijimos la misma mentira.


Todos inventamos la muerte,

porque la muerte no existía antes de nuestras palabras.


Estamos en perfectas condiciones.