© 2017 Alondra Berber. Todos los derechos reservados.

La re-significación de la muerte del monstruo en El péndulo de cal en Alondra Beber

El lenguaje concibe la realidad y de manera dialéctica la realidad concibe al lenguaje. La relación dialéctica es intrínseca y al mismo tiempo inherente. Nombramos las cosas porque existen y al mismo tiempo se nombra las cosas para que sean descubiertas; las cosas existen para que haya lenguaje y al mismo tiempo se nombra para que el universo sea descubierto, aunque sea desde el mundo de las ideas o de las concepciones. 

 

En este principio, el mundo de lo que es posible nombrar, guarda una naturaleza que es exclusivo de los sentidos y de los significados. Lo real se desdobla y el lenguaje poético se convierte en una posibilidad dentro de esa realidad, donde las cosas adquieren el sentido de los significados. Todo lo que existe en el mundo es capaz de tener sentido, de ser simples objetos que son nombrados. Llegan al alma y lo que tocan son las esencias. La poesía tiene, entre sus atributos, revelar y tocar en las cosas que nombra; las esencias de las personas, de los lugares, de lo que hace universales. 

 

¿Para qué poetas en tiempos de decadencia? La pregunta que nos hace Martin Heidegger, aun nos retumba hasta nuestros días. La realidad nacional se convierte en la historia personal, las batallas que se libran en el campo, el narcotráfico, la ejecución es parte de la realidad nacional y en el mismo tiempo de la historia personal de quienes están inmersas, ya sea de forma directa o indirecta, en esas circunstancias. 

 

La poesía es una posibilidad, y al  mismo tiempo, una realidad que necesita ser nombrada desde los sentidos que adquiere una nueva cultura de la muerte. 

 

En El péndulo de Cal de Alondra Berber (Acapulco 1987) la tragedia nacional, se convierte en el origen de las esencias y en la historia personal. La muerte es sentida  como una partida constante que no se acaba. La ejecución existe solo para que el muerto viva una y otra vez en la constante ejecución del mismo hombre que es asesinado una y otra vez. La eterna descarga perpetuándose al infinito: 

 

Lo miré llorar 

supe que en sus ojos las lágrimas existían 

aunque todos dijeran que estaba seco. 

Le dolía ser quien era, no tener 

un mundo a donde volver. 

“Es un asesino”  reclamaban 

si me aproximaba decidida, 

un asesino si me distanciaba hipócrita.

Un asesino, siempre, sin descanso. 

 

¿Dónde estaba dios a las seis de la mañana? La realidad nos moldea, nos convierte en destino y no todos pueden zafarse. El monstruo no escogió su naturaleza, las circunstancia orillan, las historias de vida son complejas si se mira desde todas las cartas puestas en juego. Nadie ni el monstruo suele en ocasiones escoger su naturaleza dañina. El monstruo sueña con otra realidad, con otra posibilidad, real: 

 

Yo lo miraba como santo, porque lo amaba

no era aquello que murmuraban al verme 

pasar con el estigma de su caída. Nunca 

encontré un gramo, no descubrí entre sus dedos el ansia 

de un gatillo. Era, porque decían, porque escuchaba, pero en sus

hábitos el subtexto único era que no queríamos. Nada 

hubiese reventado la burbuja.

 

Alondra Beber nos muestra el cadáver, para transformar el contexto, para mirar aquellas cosas, que dentro de esa violencia y tragedia no alcanzamos a ver. Nuestras miradas no alcanzan a vislumbrar la magnitud de las circunstancias, el miedo que nos apodera y la cerrazón no permite diseccionar la realidad, mucho menos comprender que, hasta en la muerte de cualquier persona, del monstruo, en el corazón monstruo, existe una luz, que por pequeña que sea, es necesario mostrar para entender la fragilidad de nuestra existencia. 

 

Los poemas de Alondra Beber, nos regresan de golpe a la realidad, sus palabras muestran las esencias de la personas y las clarifican. 

 

El monstruo sueña con otra posibilidad real y la viuda sabe que la única liberación es por la muerte, es por el arrebato de la muerte. El alma no puede soportar tanta carga, y tanto daño en su esencia, solo la muerte es capaz de liberar, de limpiar las esencias. Sin saberlo, quizá, el monstruo pide y se prepara para su muerte. Sabe, que las cabezas en el cementerio de cal, reclaman los actos violentos, las viudas tiemblan, los huérfanos siguen llorando. 

 

 El llanto de la viuda que sigue viviendo la muerta de manera constante, nos cimbra la cabeza, es el eterno quejido, el llanto necesario para purificar las almas, la suya y las de los demás que con él mueren, la muerte toma otro sentido y otro significado porque es constante, porque no termina, porque las palabras están allí para hacernos partícipes, para buscar en nosotros nuestro lugar, nuestro espacio en este contexto. Alondra, nos  hace partícipes para no estar indiferentes, para calmar, en las palabras, un poco del dolor, no de ella, sino de todas las viudas y los huérfanos del narcotráfico, de su guerra sangrienta y sin sentido. Para purificar, para clarificar, para abrirnos los ojos de golpe: 

 

Los ojos llueven todos 

los meses. Grito. Nadie 

voltea. Otra viuda de

monstruo, otra perra, 

otro futuro cadáver de 

cabellos largos

rebotando en el asfalto. 

Mi idioma es el coraje, 

pero sonrío Kafer, porque 

quiero mi belleza en 

el último relámpago de 

la cámara. 

 

Berber Alondra, El péndulo de cal, Ed. Versodestierro, México 2012. 

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload