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El péndulo de cal: Rosario de una viuda

Me encantaría ser poeta, pero indagar desde el garabato, sumergirme en sus pliegues para encontrar la palabra exacta, nunca se me ha dado. Yo apenas tecleo sujetos muertos, verbos que laceran y predicados ensangrentados. Por eso, en un principio, pensé que Alondra se había vuelto loca cuando me escogió como el padre de éste, su primer hijo. Un hijo que nació poeta en los tiempos del cuerno de chivo. 

 

Confieso que esperaba un libro escrito para poetas, uno de esos que busca agradarle a los intelectuales fanáticos del verso abstracto. Es bueno saber que me equivoqué. El péndulo de cal es poesía popular y eso, supongo, le regresa a la poesía su sentido original. En otras palabras: Diana embona su sufrimiento y su coraje con los dolores y la rabia de muchos que se han visto lastimados por esta guerra que no es contra, sino por las drogas. 

 

Podría decir que El péndulo de cal, como todo libro de un poeta, conserva ciertos instantes y los prolonga. Podría decir que recrea las preocupaciones ontológicas de la humanidad, que galopa entra las profundidades de la memoria y del corazón, o que es como un caracol o una serpiente. Incluso podría decir que Alondra transita por las tonalidades del verbo, quizá porque el verbo es el que dice, hace y sucede, y aquí el verbo lo pronuncian los narcos en las decisiones de la muerte o el verbo se tambalea bajo las balas. Prefiero, sin embargo, quedarme con la idea que cada poema me reafirma al leerlo: El péndulo de cal es el rosario de una viuda que, en vez de tragarse el luto a palo seco, ha decidido contarlo para que éste adquiera alma en los oídos de quienes lo lean. 

 

Alondra no se muerde la lengua. Delatar su adolorido amor es, en la guerra de los setenta mil muertos, en la guerra de los diez o veinte mil desparecidos, una manera de llorarle a quien para la prensa fue sólo un pinche un gatillero, un poeta de la muerte. Un hombre que hacía del crimen una de las más bellas artes. Mataba, cierto. Y por eso, también, lo mataron. Kafer era un bandido con todo el alma. Me habría gustado preguntarle a Kafer dónde aprendió todo lo que sabía a sus veintidós años. Seguro me habría dicho que la patria, que el gobierno, lo despojó de todo y sólo le enseñaron lecciones amargas.

 

Alondra, en las mismas circunstancias de miedo, opresión y persecución, quizá también pudo haber sido bandolera. Pero es poeta. Y de las buenas. 

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